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El cierre de Interviú y Tiempo: De la crisis del papel a la guerra digital
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    Si se entra en Twitter, en la lista de temas que son ahora mismo trending topic se encuentran los nombres de dos revistas. Interviú y Tiempo, dos publicaciones del grupo Zeta, aparecen - y juntas - entre los temas del momento. Y la razón por la que las dos revistas aparecen entre estos temas es la misma por la que se han convertido en un tema noticioso en los medios en general en la misma mañana: sus propietarios han anunciado que echan el cierre a ambas cabeceras, tanto en papel como online.

    La compañía propietaria ha comunicado a las redacciones de los dos medios del cierre inminente y del despido de la plantilla porque, como recogen ahora los medios que han abordado la situación, se enfrentan a "la imposibilidad de seguir sosteniendo durante más tiempo las importantes pérdidas generadas por ambas publicaciones en los últimos años". Las dos revistas han perdido en términos de distribución y también acumulan pérdidas en publicidad.

    Las dos revistas, según los datos de su propietaria, acumulan una caída del 65% en distribución en los últimos cinco años y del 80% en la última década. Tiempo no se ha manifestado en Twitter, pero Interviú ha lanzado un tuit. "La empresa anuncia su intención de cerrar esta revista y de despedir a todos sus trabajadores tras 42 años en los kioscos", publican.

    ¿Cambio generacional?

    El cierre de ambas cabeceras es algo más que simplemente un movimiento de una compañía concreta. En el caso de Interviú, la revista posiblemente esté pagando también un cambio de contexto. Playboy también podría cerrar en breve, de hecho. Los rumores - que tienen un solvente origen pues llegan desde The Wall Street Journal - apuntan a que la marca seguirá existiendo y siendo explotada, pero que la revista no lo hará. La revista ya había intentado reinventarse en cierto modo (sin éxito) dejando de publicar fotografías de mujeres desnudas en el 2016. El tipo de revistas que son una y otra es, al final, un modelo que parece completamente desfasado en los tiempos que corren.

    Pero la cuestión va mucho más allá y está mucho más ligado a elementos estructurales. Los cierres de estas cabeceras están muy ligados a la crisis de los medios de papel, que no están consiguiendo reinventarse y seguir siendo relevantes en medio de la revolución del consumo de información en la que ahora mismo está sumida la industria.

    La crisis general del papel

    Solo hay que mirar las últimas cifras de la OJD de los grandes medios en papel para verlo: según los datos de noviembre, que acaban de salir hace unos días, las grandes cabeceras han cerrado noviembre con mínimos históricos (otra vez).

    El País, El Mundo, ABC, La Vanguardia, El Periódico y La Razón solo lograron vender de forma conjunta 298.381 ejemplares de media diaria, a pesar de que el período fue uno de gran actividad informativa y pico de consumo de información por Cataluña. La difusión de los seis medios de forma conjunta se posiciona en los 568.987 ejemplares, lo que, como apuntan en El Español, es un 7% de lo que lograban en el año precedente en el mismo período. El País ya solo vende 90.163 ejemplares al día y El Mundo 59.153.

    Los medios de papel han intentado seguir manteniendo su estatus, pero sin cambiar realmente cómo están haciendo las cosas o incluso empeorándolas. Las constantes oleadas de despidos en las cabeceras de papel han hecho que los periódicos pierdan muchísima calidad y que sus contenidos ya no sean especialmente rompedores.

    De hecho, no hay más que coger un periódico cualquiera al azar y pasar las páginas para encontrar muchísimas informaciones que o bien son notas de agencia de noticias o que son contenidos que ya habían publicado en internet. Porque esa es, por otro lado, otra de las grandes cuestiones en las que la prensa de papel ha fallado: en lugar de asumir que internet les ha robado la última hora y que tenían que cambiar cómo compartían las noticias, han seguido posicionándose igual.

    La guerra contra internet

    Por otro lado, los grandes medios de papel se han posicionado (y posiblemente toda la debacle del canon AEDE es el gran ejemplo para verlo) en una suerte de guerra contra internet. Internet ha sido visto como el mal, pero también como un escenario en el que querían repicar fuese como fuese lo que estaban haciendo en papel (algo que claramente no funciona en un medio nuevo).

    En lugar de pararse a comprender internet, han intentado forzar las cosas y conseguir dinero rápido, al tiempo que miraban por encima del hombro al nuevo medio (solo hay que preguntar a un periodista que se mueva entre dos aguas para comprenderlo: escribir para internet sigue estando, en general, peor pagado que hacerlo para papel).

    Las versiones online se llenaron poco a poco de anuncios muy molestos y de triquiñuelas para lograr tener más tráfico (o aparentar tenerlo) y vender más anuncios. Páginas que se abren solas, redirecciones, compra de tráfico, anuncios que aparecen donde menos se lo espera el visitante… La lista de prácticas realizadas en el sector puede ser muy larga y solo hay que pasar un rato hablando con gente de la industria para que se empiecen a comentar muchas cuestiones y muchas técnicas no muy positivas.

    Todo ello no solo ha hecho que las cifras de tráfico sean muchas veces cuestionables, sino que ha acabado dinamitando los precios publicitarios. El tráfico que se conseguía era de mala calidad, los anuncios llegaban a públicos que no querían verlos o que los ignoraban y las marcas y empresas estaban gastando dinero casi al aire. Los anuncios empezaban a ser menos relevantes, además, y a estar más metidos a calzador y, por tanto, la situación se iba haciendo mucho más crítica.

    Los medios de papel intentaron hacer que sus versiones online completasen lo que perdían en su edición original, pero lo hicieron con pies de barro.

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